Como si se tratase de la novela homónima del escritor colombiano Gabriel García Márquez, así ha transcurrido mi fin de semana.
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Tenía muchas dudas acerca de participar en el I raid de Piedralaves, en la provincia de Ávila, pero un adicto a la competición como soy yo no tiene demasiada fuerza de voluntad para resistirse, y más tratándose de la primera gran cita del año así que decidí inscribirme.
El primer inconveniente que encontré fue el de mi amortiguador trasero roto, que, pese a llevarlo a reparar una semana antes, al montarlo, descubrí que tenía otro problema que no apreciamos ni mi mecánico ni yo, por lo que no pude utilizarlo y debí montar el de
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origen poco antes de verificar.
Con Clemente Aniorte (un piloto con el que comparto estructura) y su amigo Fernando (que nos haría las veces de asistencia) marchamos cargados hasta arriba en su pequeño Volkswagen con tres motos en el carro: la suya, la mía y otra que pretendía vender en Madrid, aunque al final no alcanzó el acuerdo.
La etapa prólogo fue acortada drásticamente debido a algún problema de autorización política, pero eso no impidió que la pudiéramos realizar, aunque en mi caso, con malos resultados tras pararse el motor de mi moto a dos curvas del final y costándome demasiado arrancarla, por lo que me vi muy retrasado en la clasificación (14º). Antes de realizarla, observé pérdida de líquido refrigerante por la parte baja del motor, así que, al finalizar la etapa, revisé todo metódicamente y descubrí una rotura en la bomba de agua de mi castigada Yamaha (son dos años de carreras) , con lo que deduje que no podría participar en aquél estado o terminaría rompiendo algo mucho más serio en el motor. Por mi cabeza, volvía el pensamiento de la noche anterior, cuando a las 2:30 de la mañana terminaba de preparar la moto (mal preparada por aquello del amortiguador) y me repetía que quizá no debía ir a esta carrera. Bueno, ya estaba hecho.
En este trance me encontraba cuando Clemente me ofreció la KTM 300 de 2 tiempos, que no había vendido, para participar en la carrera, siempre y cuando el organizador de la prueba me lo permitiera. Y así, rápidamente, llamé a éste y le dije lo que ocurría, obteniendo el permiso para cambiar los dorsales de moto y autorizándome a salir con otra montura (que no conocía, a la que no estaba acostumbrado, sin ninguna preparación extra, con neumáticos gastados y cuya única prueba fue la de los 2 kilómetros entre el parque cerrado y la salida de carrera).
Con pocas expectativas, me presenté en el inicio de carrera, misma ubicación que la asistencia, pero con el entusiasmo de quien se enfrenta a un reto distinto de lo habitual y que le seduce en cierto modo.
La salida se retrasó 45 minutos a causa de la baja temperatura que teníamos (de -3º y nevando), pero se dio. El primero fue un portugués en quad, seguido de otros dos quads más y de la primera moto, la de Sergio Mateo. Yo tardé varios minutos más en hacerlo, pero cuando llegó mi momento, la realicé gas a fondo, de la única manera que sé, pese a no saber si la moto frenaría cuando yo se lo pidiera, pero lo comprobé pronto (afirmativamente).
Adelanté al quad que había salido un minuto antes que yo y alcancé al que lo hizo medio minuto antes con relativa facilidad, pero sin llegar a superarle. Bajábamos por una rápida pista y observé cintas de balizar a la derecha, así que decidí frenar y seguir las cintas dejando al piloto que me precedía que continuara por su erróneo camino y pensando que, como él, muchos otros habrían cometido ese error, por lo que quizá pronto ganaría posiciones.
Rodaba fuerte sin ver a nadie cuando llegué al primer control de paso y me comunicaron que la carrera había sido suspendida porque, al parecer, alguien había quitado cintas y los pilotos se habían perdido, encontrándose unos contra otros. En ese momento la rabia se apoderó de mí, pues son muchas las carreras que nos anulan últimamente y uno se cansa de gastar dinero a lo tonto, así que decidí continuar el recorrido, ya fuera de carrera. Curiosamente, no tuve ningún problema para seguir las marcas hasta la localidad de Casavieja, donde los colaboradores habían comenzado a retirar las cintas a petición del organizador, ya que la carrera estaba anulada. La casualidad hizo que coincidiera con otro piloto que conocía el recorrido, pues había ayudado en el marcaje, y juntos recorrimos los últimos kilómetros hasta completar la vuelta.
Cuando llegué a la asistencia, no quise hablar con nadie, tan sólo me marché al hotel donde me esperaban Clemente y Fernando.
Mi “mala leche”, contenida durante el recorrido, salió cuando un piloto se acercó a mí y me preguntó que qué me parecía aquello y que si nos devolverían el dinero; inevitablemente, se me escapó una irónica carcajada y le insté a que se lo preguntase al organizador (siempre, insisto, SIEMPRE te dicen que ellos no tienen la culpa de la suspensión pero que deben pagar los seguros y todo lo relativo a la carrera, y tú te quedas con tu cabreo como único recibo).
Esta vez, yo quería una explicación, no estaba dispuesto a quedarme de brazos cruzados sintiéndome estafado. Y es que, a mi entender (que ya sabéis que no siempre es el correcto), los que se habían perdido habían sido los pilotos, no las cintas, pues Mateo, yo y otros varios pilotos, SÍ habíamos encontrado el camino correcto, mientras que otros, aunque fueran la mayoría, se habían perdido por falta de atención. Incluso llegué a bromear con que si eran franceses (haciendo alusión a que suspendían la carrera porque se habían perdido, como si se tratase del Dakar, un francés se metiera por error en un charco de barro y le devolviesen el tiempo perdido…). Pero le debía el favor al organizador por dejarme cambiar de moto y, así, participar. Mi corazón estaba partido por dos sentimientos.
Una hora después, la organización nos reunía para explicarnos los motivos de la suspensión. Y yo me encontraba en primera fila para no perder detalle. Según el organizador, alguien había quitado cintas de marcaje, además de que golpearan a uno de los colaboradores que se hallaba en el monte. Junto a esto, habían prendido fuego a un pequeño reducto del bosque, con lo que obligaron a forestales y cuerpos de seguridad a abandonar su puesto con la carrera en pro del bosque. Y para finalizar, habían cruzado un alambre de espinos en medio de un camino.
Yo vi las cintas que otros dicen que no había, no vi al que le dieron un golpe, ni vi el alambre de espinos, pero si humo desde lo alto de la montaña. Y Clemente me contó que había visto y leído una pancarta en el pueblo tachándonos a organización, colaboradores y pilotos de ECOTERRORISTAS por organizar una carrera (autorizada por medio ambiente y consentida por los ayuntamientos de las localidades por las que transitaba).
No tengo por qué dudar del organizador si me dice que ocurrió todo esto, no creo que organice carreras para suspenderlas a los 25 kilómetros, pero siendo egoísta, sí veo que entre unas cosas y otras, he gastado alrededor de 400 € y no he conseguido lo que pretendía, así que, mirando atrás en el tiempo, recordando la cantidad de problemas que esta organización tiene para sacar adelante pruebas fuera de la provincia de Cuenca y, por encima de todo, cansado de perder dinero a lo tonto, renuncio a participar en más pruebas de dicho organizador (y mira que me llevo bien con ellos y nos consideramos amigos).
Lamento tremendamente que ocurran estas cosas. Y lamento que el único organizador que nos da un campeonato de raids, vea cómo le boicotean las carreras, pero prefiero tener mi dinero en el bolsillo o gastarlo en carreras que sí salen adelante. Y como yo, muchos pilotos me lo dijeron allí mismo después de la suspensión, por lo que llego a la conclusión de que este campeonato tiene los días contados. Y si no, al tiempo. Aunque con la mano en el corazón, ojalá ésta no sea la crónica de una muerte anunciada, por el bien de nuestro deporte.
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